Martes 27 de Septiembre de 2022

OPINIÓN

10 de septiembre de 2022

Domingo F. Sarmiento: ¿Prócer o bárbaro?

En su figura se expresan las contradicciones propias del país. Desde el desarrollo de lo que se convertiría en la ideología de la clase dominante, su "civilización o barbarie", hasta la rivalidad con el mitrismo que impulsó una reforma educativa en la Argentina.

Por Norberto Galasso

Ilustración: Osvaldo Révora.


En septiembre se conmemora un nuevo aniversario sobre Domingo Faustino Sarmiento. que será reconocido en los colegios, especialmente, y en los medios.

Hay varios Sarmientos. El  siempre aplaudido, que desarrolló la que se convertiría en la ideología de la clase dominante. Es decir, civilización o barbarie, concepción proveniente de su “Facundo” e intervenciones propias de su acercamiento a Bartolomé Mitre, cuya conclusión es que la barbarie son los indios y los gauchos e Incluso -en “Conflicto y armonías de razas en América”- los también los judíos.

Es decir, hay un etnocentrismo total por parte de Sarmiento, para quien los blancos provenientes de Europa son la civilización y en consecuencia el destino del país es copiar a Europa o a Estados Unidos. Sarmiento a veces habla de Europa y a veces, como fue Embajador en Estados Unidos un tiempo y quedó maravillado del progreso norteamericano, habla más del país del norte que de Inglaterra, al contrario de Mitre.

Esta idea lleva a toda una serie de posiciones políticas anti populares. Habla de la chusma, de los negros: hay que combatirlos y hacerlos desaparecer, algo que algunas personas todavía hoy levantan, con términos menos explícitos, como un programa político.


(Ficha Técnica: Producción general: Lorena Vazquez - Edición de sonido: Alejandro Sanz – Grabación: Soledad Zunino)

Eso lo lleva a Sarmiento a decir barbaridades, como por ejemplo en una carta a Mitre le señala: “No ahorre sangre de gauchos, es lo único que tienen de humano, es un buen abono para la tierra”. En otra carta le dice: “Si el general Sandes mata, déjelo matar, no le ponga límites a su accionar porque hay que desaparecer a toda esa gente”.

Incluso los paraguayos, los colombianos y los uruguayos, en general, también deben eliminarse, y en el caso de los indios deben eliminarse hasta los más chicos, dice, porque caso contrario después tienen en la sangre la concepción nativa, que es una concepción peligrosa y anti progreso.

Tomando en cuenta todas estas afirmaciones, podríamos decir que el propio Sarmiento era un bárbaro, por eso Jauretche decía: “Sarmiento era un Facundo que agarró para el lado de los libros, pero era tal como Facundo”. Incluso los Sarmiento tenían vinculaciones familiares con los Quiroga en Cuyo, lo que para Jauretche era un indicio más de que Sarmiento era realmente un bárbaro.

En ese sentido, fue idolatrado por los sectores dominantes y, dado que se preocupó mucho por la cuestión educacional, aparece como el principal educador. Pero Sarmiento lo que menos tenía era ser educado, porque su accionar era propio de un hombre pasional que no tenía límites.

Siendo ya un alto funcionario público, se hizo famosa la anécdota de cuando se agarra a bastonazos por la calle con un adversario de la Cámara de Diputados, y le dice al legislador de apellido Cabeza: “Usted no es Cabeza, usted es cola y sucia”. Otra polémica lo ubica enfrentado a Juan Bautista Alberdi, a quien le espeta: “Y la de ahí de putas, que lo tiró de las patas”. En varias oportunidades se manifiesta de ese modo, y eso hace que muchos, especialmente los representantes de la derecha, aseguren como dijo alguien alguna vez: “Me gusta Sarmiento, es una figura que me atrae porque cuando él pensaba que alguien era un hijo de puta, le decía a usted eso, que era un hijo de putas. Es decir, decía lo que pensaba, no como otros políticos”. No es un gran mérito ese, pero bueno, vale en el sentido de que lo pinta con un hombre sin límites.

Hay un libro de Octavio Amadeo que habla de personalidades y dice que Sarmiento “era como un animal grotesco que baja del medio de la selva e irrumpe llevándose todo por delante”. Sarmiento también era el hombre que se expresa, por ejemplo, cuando algo le causa gracia, riendo, pero no ríe con la risa fina o la risa irónica, ríe como los gordos que ríen moviéndo el cuerpo entero. Se ríe llevándose al mundo por delante.

Era un hombre que quería, a su modo, crear un país a trompazos, quizás. Y que no dejaba en el fondo de ser un sanjuanino, lo cual hace que él actúe durante bastante tiempo al servicio de Bartolomé Mitre y se gane el título de “alquilón de Buenos Aires”. Sin embargo, un análisis pormenorizado de esa época rescata algunos aspectos de Sarmiento, si nos olvidamos por un momento de estas barbaridades.

Cuando termina la presidencia de Bartolomé Mitre, este quiere evitar a Sarmiento, porque lo conoce de cerca y sabe que puede candidatearse. Entonces Mitre emite un documento, donde dice: “Ni Alsina, ni Sarmiento, ni Urquiza pueden ser presidenciables. El hombre que debe sucederme es (Rufino de) Elizalde”, quien había sido Canciller en la Guerra de Paraguay. Elizalde era conocido como “el brasilero” porque en todas las negociaciones con Brasil había actuado generalmente a favor de la vecina potencia.

Sarmiento surge desde el interior, como candidato del interior. Aquí hay un hecho interesante que es poco conocido. En 1856, cuando se produce la separación de Buenos Aires, Mitre publica un artículo en El Nacional diciendo que “la separación de Buenos Aires debe ser definitiva. Debe convertirse con su puerto y su aduana en un país”, por lo cual le cerraba el paso a al océano a las restantes provincias. Quedaban dos países, como en realidad a través de la historia han sido virtualmente dos países, por sus políticas económicas y sus resultados electorales.


(Ficha Técnica: Producción general: Lorena Vazquez - Edición de sonido: Alejandro Sanz – Grabación: Soledad Zunino)

Ese planteo recibe gran apoyo de Pastor Obligado y de toda la gente mitrista de Buenos Aires, pero no de Sarmiento, porque él se quedaría afuera como sanjuanino, en el país que queda pobre y en el interior. Y está la aduana de por medio, porque Buenos Aires gasta enormes sumas en lujos, como hizo el gobierno de Rivadavia que se desentiende de todo el interior, sumido en la total pobreza.

Finalmente, cuando Sarmiento llega a la presidencia, por un lado, prosigue la política de Mitre -que es el acercamiento con el Imperio Británico del cual Argentina se está convirtiendo en una semi colonia-; por otro lado, adopta medidas que contradicen ese proyecto. Por ejemplo, intenta promover el desarrollo de la minería en todo el interior del país ligado a la Cordillera de los Andes.

Sarmiento comete incluso la ingenuidad de decirle a Mitre “tenemos que desarrollar la minería”, y Mitre ni le contesta la propuesta, porque el programa de él es vender en ese momento lanas y carne, y después cereales, e importar artículos manufacturados, lo cual convierte al país en la viva expresión de la dominación de la división internacional del trabajo. Sarmiento también impulsa una Exposición Industrial en Córdoba, cosa que para su época como Presidente no era común otorgarle importancia al sector.

Con respecto a la guerra del Paraguay, las posiciones de Sarmiento y de Mitre también son contrapuestas. Sarmiento lanza, a través de su canciller Mariano Varela, la idea de que la victoria no da derechos, y esto provoca una gran conmoción en Buenos Aires. Porque "si la victoria no da derechos -decían los porteños- para qué peleamos". Ese planteo de Sarmiento es desechado. El diario La Nación se convierte entonces en el principal órgano opositor al gobierno de Sarmiento, y cuando su mandato llega a su fin y  Mitre quiere alcanzar de nuevo la presidencia, Sarmiento le sale al cruce con la candidatura de su ministro de educación, Nicolás Avellaneda.

En realidad, Sarmiento había hecho una política educacional importante, especialmente hacia el interior, porque su obsesión -más allá de las brutalidades que hemos mencionado- era la educación. Incluso había realizado una red telegráfica muy importante para la conexión del país. El sostenía: “Soy porteño en las provincias y provinciano en Buenos Aires”, y eso no cuajaba con las posiciones de La Nación y del mitrismo que, evidentemente, querían crear un país subordinado al océano, mirando hacia Europa y vinculado al Imperio Británico.

Esas fueron varias de las actitudes que tomó Sarmiento en ese momento. Incluso, con respecto a la educación, tenía una concepción distinta a la de Mitre. Sarmiento decía que “lo que había que privilegiar era la escuela primaria para alfabetizar al pueblo”. Mitre consideraba que lo importante era la escuela secundaria, para crear figuras que sirvieran en la política a su partido conservador.

Y otro aspecto desconocido, o poco conocido, de Sarmiento es que él intenta en Chivilcoy una distribución de tierras, una colonia agrícola. Aunque después, cuando intenta desarrollarla en otras partes de la provincia de Buenos Aires, no consigue alcanzar su objetivo.

 

Sarmiento un hombre pasional Foto Archivo

Sarmiento: un hombre pasional. Foto: Archivo.


Pero aquello lo lleva a alguna de sus expresiones más rotundas como que “este país lo gobiernan las vacas y lo que quieren es que yo como presidente gobierne para que se acumulen las arcas de los Anchorenas, de los Pereira, de los Duggan, de los Leloir”, y se refiere a lo que él se llama “una oligarquía con olor a bosta”. Por eso, Sarmiento en sus últimos años queda descolocado del mitrismo preponderante, y también se va a dar el hecho de que en sus años finales publique la “Condición del extranjero en América”, que es el reverso de su libro “Conflicto y armonía de las razas en Argentina”.

En el libro “Condición del extranjero en América”, Sarmiento dice algo muy concreto criticando la inmigración que se está produciendo. Asegura que “cualquier gaucho nuestro tiene mayor capacidad para aprender las cosas que esta gente nueva que está viniendo del exterior. Además, el país se está extranjerizando”. En sus últimos días dice: “Va a llegar un momento, si seguimos así, que cuando uno se para en la calle y le digan ‘¿Usted qué es?’, y uno diga ‘Perdón, soy argentino’”.

En Sarmiento se combinan una pasión tremenda, desatada, de un hombre furibundo que no se paraba ante nada, con unas limitaciones coloniales en su pensamiento que provenían tanto de su estadía en Estados Unidos como de su ligazón en los años 1850 con los principales hombres del mitrismo.

Hay un hecho que es interesante: Mitre, Sarmiento y Alberdi se oponen al gobierno de Rosas, pero Alberdi apoya a Urquiza y, como consecuencia de eso, se va a Europa y después lo dejan en Europa prácticamente desterrado, no le dan dinero por la embajada y le nombran a otro embajador. Cerca de 1880, un Alberdi ya anciano y enfermo vuelve con temor después de haber cruzado con Sarmiento una polémica feroz. Ese Alberdi, por decir así, pequeño, llega por necesidad a la Casa Rosada, y todos se asombran de lo que pasa: Sarmiento sale a su encuentro y, como si no hubiese pasado nada, abre los brazos, le da un abrazo y le dice “mi querido Alberdi”.


Al mismo tiempo, para descalificarlo como intelectual, La Nación publica un artículo acerca de una carta de Alberdi en la que el autor había cometido un error de ortografía. Es decir, el mitrismo mantenía viva su crítica y su odio a Alberdi, y Sarmiento toma una actitud distinta, propia a veces de sus impulsos. Son impulsos positivos que compensan un tanto a su figura de hombre autoritario y violento con los caudillos y con las masas populares.

Creo que a los dos Sarmientos hay que contemplarlos por igual. De otro modo,  llegaríamos a una exaltación en los colegios de un Sarmiento educador, cuando era el menos educado de todos. Incluso algunos historiadores rosistas dicen que la difusión de las escuelas durante el gobierno de Sarmiento se debe más al ministro Avellaneda, que se ocupó expresamente de hacer proliferar los colegios por todo el interior. Pero esto es una discusión de segunda índole.

Sarmiento es una figura que expresa las contradicciones propias de un país que quería ser y que no fue, y que al final fue por mucho tiempo -hasta octubre de 1945- una semi colonia británica.
 

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