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SOCIEDAD

29 de julio de 2019

La desgarradora carta de despedida de René Favaloro

Se cumplen 19 años del fallecimiento del cardiólogo argentino. Antes de partir, el profesional dejó siete cartas y en una de ellas denunció públicamente al sistema corrupto de la medicina.

Se cumple un nuevo aniversario de la muerte del cardiocirujano René Favaloro. El médico se suicidó de un disparo en el pecho el 29 de julio del 2000, luego de no obtener respuesta a los reiterados pedidos para la salvar la fundación a la que apadrinaba.   Previamente del trágico suceso, que conmovió a toda la sociedad argentina, el profesional dejó muchas cartas en las que plasmaba su preocupación, y los motivos por lo que se quitó la vida.   La noticia de la muerte de René Favaloro, generó gran conmoción en la opinión pública, pero además dejó al descubierto una modalidad poco transparente en el mundo de la medicina vinculada a las cirugías.   El médico argentino, comunicó en reiteradas oportunidades la situación financiera que atravesaba su Fundación. Fue entonces que acudió a las autoridades del Gobierno de aquella época, e incluso se reunió con el presidente Fernando De la Rúa.       René Favaloro reconocía que su Fundación estaba corrompida, y que empezaba a desestabilizarse. Por otro lado contó que dentro de su círculo profesional, algunos colegas le recomendaron entrar en ese sistema de salud, como la única manera de salvar al centro médico.       “No puedo cambiar, prefiero desaparecer”, escribió Favaloro dejando en claro que sus convicciones le impedían ceder ante este mecanismo burocrático.   Extracto de la carta del cardiólogo Julio 29-2000 – 14:30 hs:   Si se lee mi carta de renuncia a la Cleveland Clinic, está claro que mi regreso a la Argentina (después de haber alcanzado un lugar destacado en la cirugía cardiovascular) se debió a mi eterno compromiso con mi patria. Nunca perdí mis raíces. Volví para trabajar en docencia, investigación y asistencia médica.   La primera etapa en el Sanatorio Güemes, demostró que inmediatamente organizamos la residencia en cardiología y cirugía cardiovascular, además de cursos de post grado a todos los niveles. Le dimos importancia también a la investigación clínica en donde participaron la mayoría de los miembros de nuestro grupo. En lo asistencial exigimos de entrada un número de camas para los indigentes. Así, cientos de pacientes fueron operados sin cargo alguno.       La mayoría de nuestros pacientes provenían de las obras sociales. El sanatorio tenía contrato con las más importantes de aquel entonces. La relación con el sanatorio fue muy clara: los honorarios, provinieran de donde provinieran, eran de nosotros; la internación, del sanatorio (sin duda la mayor tajada). Nosotros con los honorarios pagamos las residencias y las secretarias y nuestras entradas se distribuían entre los médicos proporcionalmente. Nunca permití que se tocara un solo peso de los que no nos correspondía.   A pesar de que los directores aseguraban que no había retornos, yo conocía que sí los había. De vez en cuando, a pedido de su director, saludaba a los sindicalistas de turno, que agradecían nuestro trabajo. Este era nuestro único contacto.     A mediados de la década del 70, comenzamos a organizar la Fundación. Primero con la ayuda de la Sedra, creamos el departamento de investigación básica que tanta satisfacción nos ha dado y luego la construcción del Instituto de Cardiología y cirugía cardiovascular.   Cuando entró en funciones, redacté los 10 mandamientos que debían sostenerse a rajatabla, basados en el lineamiento ético que siempre me ha acompañado. La calidad de nuestro trabajo, basado en la tecnología incorporada más la tarea de los profesionales seleccionados hizo que no nos faltara trabajo, pero debimos luchar continuamente con la corrupción imperante en la medicina (parte de la tremenda corrupción que ha contaminado a nuestro país en todos los niveles sin límites de ninguna naturaleza).       Nos hemos negado sistemáticamente a quebrar los lineamientos éticos, como consecuencia, jamás dimos un solo peso de retorno. Así, obras sociales de envergadura no mandaron ni mandan sus pacientes al Instituto.   ¡Lo que tendría que narrar de las innumerables entrevistas con los sindicalistas de turno!. Manga de corruptos que viven a costa de los obreros y coimean fundamentalmente con el dinero de las obras sociales que corresponde a la atención médica (…).

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