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INTERES GRAL

25 de noviembre de 2018

Hace 38 años sentenciaban a Carlos Robledo Puch

Por José Narosky

Quien mata lo mejor de si no es asesino. Es víctima"

Una madrugada de un 15 de marzo de 1971, hace ya 47 años, un joven de 19 años, de ojos celestes, rostro aniñado, de cabello rubio ondulado, con un revólver en su mano derecha penetró en una boite -hoy se dice boliche- de Olivos.

Lo acompañaban dos cómplices. Su fisonomía era simultáneamente tierna y fría. ¡Es que hay muchas almas dobladas en cuerpos erguidos!. Se llamaba Carlos Robledo Puch.

Un sereno de consigna trató de detenerlo. Pero en pocos segundos, yacía sin vida. Otro sereno, atraído por el estampido, acudió prontamente. Otra muerte totalmente innecesaria.

Los delincuentes abrieron la caja fuerte con un certero disparo en la cerradura. Robaron una importante suma de dinero. Lograron huir. Dos meses después el siniestro trío penetró en una vivienda, también de Olivos.

Ultimaron al propietario y violaron a su esposa. Esta grabó en su retina –y para siempre- el rostro del asesino con cara de niño. La opinión pública se conmovió.

En sólo 6 meses ya eran 11 los homicidios, 23 los robos calificados y 3 las violaciones.

Pero el cerco policial se iba cerrando inexorablemente. Porque el éxito parcial siempre engaña al criminal. Lo hace suponer dueño de una total impunidad.

Transcurrió casi un año, hasta que un día de febrero de 1972, fue finalmente detenido Carlos Robledo Puch. Que ya había matado también a uno de sus cómplices. Tenía solamente 20 años. "Hablaba demasiado", declararía posteriormente el asesino con rostro de niño.

Al otro cómplice también lo mató en un fraguado accidente automovilístico.

Estos son los hechos objetivos, dichos así muy esquemáticamente.

Los diarios de la época lo bautizaron "El Chacal" o "El Angel de la Muerte".

No se recuerda en las crónicas policiales, una carrera delictiva más demencial e innecesaria.

Y "la maldad gratuita es la mayor maldad". Es que "algunos necesitan la violencia para sentirse en paz".

Así como el amanecer puede ser un final, todo comenzó en él, con la travesura del adolescente de 15 años que era, robando una motocicleta, solamente para pasear en ella.

Pero "quien vende algo de si, vende todo".

Ya José Hernández decía con razón que ningún vicio acaba donde comienza. Aunque vicio es poca palabra para su enfermiza necesidad de matar.

Robledo Puch provenía de un hogar respetable de buena posición económica.

Su padre era un alto ejecutivo de una importante empresa.

Su casa estaba ubicada en un elegante barrio residencial de San Isidro. "Es que a veces el submundo, suele alojarse en las alturas".

Ya pasaron más 45 años de su detención. Hoy Carlos Robledo Puch es un hombre vencido que ya tiene cerca de 70 años.

El asesino condenado, en tiempos recientes

Aun pregona su inocencia. No es mi intención defenderlo –Ni tengo autoridad para ello- como tampoco atacarlo, por cierto. Pero quiero simplemente hacer algunas reflexiones.

Pensemos que a los 12 años ya estuvo internado por unos días en un reformatorio de La Plata por un delito menor.

El médico -un psiquiatra- que lo atendió psicológicamente, intuyó su peligrosidad latente y sugirió un urgente tratamiento psicoanalítico.

No se siguió su atinado consejo.

Y ¿Quién nos asegura que no se hubiera curado? ¿o por lo menos atenuado su necesidad homicida? ¿no tendrá algo de culpa la sociedad –que la formamos todos nosotros- de no tomar recaudos para atacar las causas de los hechos?

¿De qué le sirve a Robledo Puch estar cumpliendo la condena?

No estoy sugiriendo que lo liberen ¡en absoluto! Pero ¿de que le sirve a los deudos de las personas asesinadas esta reclusión de por vida del asesino de rostro angelical?

Porque muchos asesinos pagan sus crímenes. Pero ninguna víctima los cobró.

Creo que nuestra sociedad falla en la prevención del delito. Hoy mismo leía en un diario que aumentó 4 veces el consumo de cerveza. y se multiplica exponencialmente día a día el consumo de drogas, especialmente entre los jóvenes.

Porque "los vicios son como los falsos amigos. Llegan siempre sonriendo. Pero terminan siendo ciénagas. Y sin orillas".

¿Y qué remedio sugiero? No lo tengo en absoluto.

Pero siento el deber de alertar. Sé que mis palabras son una gota de agua en el mar. Pero el mar se forma de gotas…

Y finalizo con un aforismo para que estemos alertas frente a muchos jóvenes, que toman caminos sinuosos, que siempre terminan en la oscuridad.

"Hay asesinos que aun no han matado…".

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